viernes, 1 de febrero de 2013

Álbum fotográfico de Chente

Seymour Menton

Carlos Fuentes

Tito Monterroso

Rosina Cazali y Bernabé Aguilar, Consejero Cultural Embajada de España

Escritores guatemaltecos. Cilca 2007 Antigua Guatemala

Enán Moreno 1998

Escritores homenajeados 1998

Javier Antonio Payeras y Dante Liano

Marta Pilón de Pacheco, María Teresa de Vásquez y Gloria Hernández

Escritores guatemaltecos en Panama 2005

Homenaje a Luis Alfredo Arango. Totonicapán, Guatemala 2000

Presentación del libro la Muerte es un acto prosaico

Marco Antonio -El bolo- Flores

Rafael García Jolly y Carlos Alberto Dueñas. México 2006
Dario Herrera. Escritor colombiano-panameño

Carlos René García Escobar y Víctor Muñoz

Melanie Taylor. Escritora panameña

Escritores premiados. Chiquimula, Guatemala 2011

jueves, 1 de noviembre de 2012

METAMORFOSIS

Vicente Antonio Vásquez Bonilla


Hermes, quien había tenido un día satisfactorio y lleno de exitosos logros, llegó a su casa sintiéndose realizado. Cenó y luego se fue a dormir con una sonrisa atrapada entre sus labios.

A la mañana del día siguiente, aún en su lecho, empezó a sentirse incomodo, abrió los ojos para ver qué era lo que le molestaba y grande fue su sorpresa, al darse cuenta que ahora no cabía en la cama. Durante la noche había crecido. Medía cuatro metros de estatura y luego comprobó que, como por arte de magia, toda su ropa se adaptaba a su nuevo tamaño.

Al salir a la calle la gente lo veía con sorpresa, pero como era conocido por la mayoría de los habitantes del lugar, su nueva dimensión no les causaba ningún temor. Su gran tamaño lo hacía descollar y al pasar, nadie se resistía a la tentación de voltear a verlo.

Él se sentía poderoso.

Después de varios días, la novedad de su sorpresivo e inusitado crecimiento iba pasando. La gente se acostumbra a todo y fue aceptado con naturalidad. Además se tenían noticias de que en varias poblaciones habían aparecido otras personas que de la noche a la mañana alcanzaron similar estatura, sin que nadie se pudiera explicar semejante prodigio.

Él era un fenómeno, pero al parecer no estaba solo.

Los habitantes del lugar, solían reunirse los domingos en un prado cercano para divertirse en concurridos días de campo que, incluían entre otros, almuerzos al aire libre, juegos de pelota, paseos a caballo o nadar en el cercano río. Ese domingo, también Hermes asistió, pues formaba parte de la comunidad y era admitido sin ningún recelo.

Alrededor del medio día, el campo se encontraba muy concurrido y todo el mundo se divertía. De repente, en un extremo de la llanura, aparecieron una mujer y un hombre, de estaturas similares a la de nuestro amigo, vestían disfraces parecidos a los de los súper héroes de los pasquines, avanzaban dando grandes voces, saltando y corriendo rumbo a donde se encontraban reunidos los pacíficos habitantes del pueblo. Quizás se trataba de dos de los gigantes de alguna localidad cercana. Y tal vez los vistosos disfraces del Hombre Araña y de La Mujer Maravilla, respondían a una intención lúdica y sin intención de causarle daño a nadie, pero los paseantes, inclusive, el gigante local, se asustaron de tal manera que no se quedaron para averiguarlo y todos salieron en estampida, dejando abandonadas sus pertenencias. Sobre la grama quedaron diseminados: manteles, canastas, alimentos, juguetes...

Después del bochornoso incidente, Hermes se sentía mal; él también era un gigante, al igual que los dos intrusos que les arruinaron el paseo dominical y sin embargo no les había hecho frente, y ni siquiera se había quedado para averiguar cuáles eran sus intenciones, y por el contrario, había salido huyendo. La vergüenza lo estaba matando, así que decidió emprender una nueva huida: Irse del pueblo hacia donde nadie lo conociera.

Emprendió el camino sin rumbo definido. Llegaría hasta un lugar que le pareciera apropiado y ahí iniciaría una nueva vida.

Caminaba por senderos poco transitados y pasara por donde pasara, a causa de su gran tamaño, la gente lo veía con asombro y curiosidad, pero debido a que se había regado la noticia de la existencia de varias personas de gran altura, no le temían. Al llegar a un cruce de caminos, encontró a una mujer que lloraba al lado de un microbús.

—¿Qué te pasa —le preguntó con genuino interés—, por qué lloras?

La mujer volteo a ver y tuvo que levantar la vista para encontrarse con los ojos de su interlocutor. Al hacerlo, mostró un rostro que revelaba las huellas inequívocas de haber recibido una paliza.

—Es que mi hombre —respondió en medio de lloriqueos intermitentes— me pegó.

—¡Qué desgraciado! —Dijo Hermes con indignación al ver el bello rostro de la mujer con varios moretes e inclusive, un ojo rojo.

—Pero… ¿por qué te hizo eso?

—Es que trabajo en una casa de citas, él es mi protector y cuando no hago lo que quiere o no le doy el dinero que gano, se enfurece y me pega. No es la primera vez que lo hace, pues con facilidad pierde los estribos.

—¡Qué desgraciado! —reiteró—. Te explota y todavía te pega. ¡Maldito!

La mujer al ver el interés y la indignación del hombrón por lo que le había sucedido, concibió una idea y esbozó, hasta donde le fue posible por el dolor, una deformada sonrisa.

—Mi nombre es Eduviges y tú me puedes ayudar a darle una buena lección. Una lección que no olvide en toda su desgraciada vida. Si lo haces, yo te quedaría muy agradecida y sabría cómo pagarte, tu tamaño no me asusta.

—¿En dónde está ese sinvergüenza? Dime en dónde es —se aventuró a decir.

—Yo te llevó —le dijo la mujer, señalando el microbús.

Ambos vieron el vehículo y por pequeño lapso se quedaron mudos.

—Ahí no quepo —dijo Hermes con la esperanza de no comprometerse en algo que no era de su incumbencia.

—Ese no es problema. Te acomodas en la parrilla —le señaló la parte superior del vehículo—, sé que será incomodo, pero es por corto tiempo.

A regañadientes, Hermes sin osar a negarse, se instaló sobre la armazón destinada para el trasporte de carga, la chica se colocó al volante y emprendieron camino hacia la mancebía.

A Hermes no le molestaba tanto la incomodidad ni el zarandeo del vehículo, como el tener que enfrentarse a un desconocido, que según dijo Eduviges, era un hombre violento y de malas entrañas.

El microbús continuó su marcha y el hombre de gran tamaño, con el paso del tiempo y el recorrido de cada kilometro, sentía que se encogía.

A cada momento el vehículo estaba más cerca de su destino y su cuerpo se reducía. De gigante de cuatro metros pasó a su tamaño original, y ahora, ya era un enano.

Al final, el vehículo se detuvo ante el burdel.

—Llegamos —dijo la mujer con emoción.

Hermes, que segundos antes ya era un émulo de pulgarcito, en ese instante se esfumó.


COMENTARIO
Cuento: Metamorfosis:

Myriam Jara
Buenos Aires, Argentina

Bien, Chente, hagamos primero un análisis literario que para eso estudié, para criticarte a vos. Me encanta la fluidez de tu escritura, eso me permite no distraerme con metáforas que agobian, lo mismo ocurre con el lenguaje utilizado, nada de palabras rimbombantes, que hay textos que lo merceden y otros donde resultan un obstáculo para la comprensión del mismo, por lo tanto, y emulando a los formalista rusos (pa’ que sepas que estudié), bien por la FORMA (impecable construcción con una gramática acorde), luego vamos por el FONDO (no, el fondo de casa no, el FONDO como tema a exponer). Antes de leer ya estaba planificando mi estrategia para demandarte por plagio a Kafka (sin derecho alguno pues no soy ni pariente lejana pero como él es patrimonio de la humanidad y yo parte de ella, algún porcentaje me debe corresponder), a medida que avanzaba en el relato me dije “UF, GRACIAS A DIOS NO ES UNA CUCARACHA, QUE SI ME DA ASCO UNA DE ESAS VOLADORAS, AYYYYYYYY CON UNA DE CUATRO METROS (fantasía recurrente en mi)” Más luego pensé en el increíble Hulk “Oh, no, Chente quiere hacerme creer que aún me duran los efectos alcohólicos de la última cena (no, la de Jesús, no, la de mis colegas), pero sigo leyendo pues a curiosa no me gana nadie y además, como escritor no te gana nadie, volví a hablar conmigo misma “ALGO SE TRAE, ÉL NO ESCRIBE SOBRE LA MUJER MARAVILLA” y sí, efectivamente, el final, sorprendente, inesperado (yo esperaba un grandote sonso con el ojo morado y la nariz quebrada por un violento de metro ochenta) y llego a la conclusión de la profundidad de tu cuento. No importa que tanto te veas, sino que tanto te creas. El miedo no es sonso (el grandote tampoco) y no hay obstáculos que te impidan lograr aquello que tenés en mente, del mismo modo, si el objetivo que perseguís no es tu causa, no importa lo que hagas, nunca lo conseguirás porque no pondrás la vida en ello. Finalizo diciendo: FELICITACIONES, CHENTE, QUERIDO AMIGO, ADMIRADO ESCRITOR.

Myriam





miércoles, 1 de junio de 2011

El encuentro

Vicente Antonio Vásquez Bonilla

***
Claudio camina por el parque y en una de las bancas ve a una bella señorita que lee un libro. Al pasar cerca de ella, la mira y se sorprende; su rostro le parece conocido. ¡No puede ser! —se dice—. Las facciones que están impresas en su memoria pertenecen a un pasado remoto, a un pretérito de más de veinte años y la joven aparenta, precisamente, veinte años.
Fascinado por el parecido, se sienta en la misma banca, abre su periódico y simula leer, pero sus miradas furtivas reposan en ella, quien sin darse por enterada continúa sumergida en la lectura.
Debido al asombroso parecido que tiene con la persona que recuerda, se anima y le habla.
—Disculpe, señorita. Por casualidad, ¿su nombre, es Amalfi?
La chica lo vuelve a ver y a su vez lo interroga.
—¿Acaso nos conocemos?
—No. Pero se parece a una persona que conocí años atrás y que llevaba ese nombre.
—Posiblemente se refiera a mi madre. Ella me heredó su nombre.
Y también su rostro, se dice Claudio y se queda callado, pensativo, como hurgando en sus recuerdos.
—Entonces usted tiene veinte años y nació un 14 de Mayo.
—Así es, ¿cómo lo sabe?
—Me disculpa un momento, voy a llamar a mi hijo y le contaré.
Claudio se levanta y parte a buscar a su retoño y Amalfi intrigada, se queda viendo como el desconocido camina entre los arriates y observa a su alrededor.

**

Caminas por los senderos del parque en busca de Rodrigo, tu hijo; mientras tanto de tu mente van brotando los recuerdos.

Hace veinte años nació tu primogénito y corriste a verlo por primera vez a través del vidrio que separaba a la sala cuna, del pasillo en donde los padres iban a conocer a sus hijos recién nacidos. Allí estuviste tú, contemplando a tu bebé, quién dormía apaciblemente. Embelesado como estabas, a tu alrededor el mundo había desaparecido, sólo existían el niño y tú. De repente, una voz te sacó de tu ensimismamiento.
—Profesor, qué gusto encontrarle. ¿Qué hace aquí?
Volviste a ver. Era tu ex vecino, a quién no habías visto en los últimos seis o siete meses y con una sonrisa de satisfacción le contestaste.
—Conociendo a mi hijo, es el de la cuna número cinco. ¿Y usted?
Viste cómo tu ex vecino hinchaba el pecho y con orgullo te respondió.
—Yo también vengo a ver a mi hija, es la de la cuna vecina, la número seis.
—Qué casualidad —le contestaste—, ambos tenemos hijos del mismo día.
—Sí, feliz coincidencia. Tenemos que celebrarlo.
—¡Ya lo creo! ¿Y cómo está doña Amalfi? —le preguntaste—, ¿todo salió bien?
—Sí, gracias a Dios. ¿Y su esposa?
—Bien, fue un parto normal.
Ambos, él y tú, callaron y se entregaron a la contemplación de sus respectivos hijos

*

Encuentro a Rodrigo frente a una estatua, comiendo un helado.
—Rodrigo, ven —le digo.
Llega a mi lado y me pregunta.
—Papi, ¿quieres un helado?
—No, gracias —le respondo—, deseo presentarte a alguien.

Llegamos al lugar en donde está la joven, quién nos recibe con una sonrisa y supongo que con curiosidad se preguntará. ¿Quiénes serán estos desconocidos?
—Señorita Amalfi —le digo—, éste es mi hijo, Rodrigo nació el mismo día que usted, en el mismo hospital y fue su vecino de cuna.
—Mucho gusto. Yo soy Amalfi. Ahora sé por qué su papá conoce mi edad y el día de mi nacimiento. Lo que no me explico, es ¿cómo me reconoció?
—Fue fácil, es el vivo retrato de su madre.
El saludo de los dos jóvenes es cordial y de beso en las mejías. Creo que ambos se caen bien. Yo los veo charlar, como si fueran viejos conocidos. Se olvidan de mi presencia, me dejan al margen y opto por entregarme de manera alterna a hojear el periódico y a revivir recuerdos.
Después de, quizás, una hora, observo que la charla es muy animada, las bromas, las sonrisas y los gestos corresponden a la de dos personas que ponen en juego todos sus encantos para agradarse mutuamente. Temiendo, por experiencia, que ese momento mágico pudiera conducir a un enamoramiento, intervengo.
—Rodrigo, nos tenemos que ir. Acabo de recordar que tengo un compromiso ineludible, no me puedo demorar más.
Con pesar, vi como se despedían ambos chicos, estaban pasando un rato agradable, no se hubieran querido separar y seguir conociéndose.
Sin embargo, me llevo a Rodrigo, quien luce contrariado. Lo siento y lo comprendo, yo también fui joven, pero no puedo decirle aún, que Amalfi es su hermana.

sábado, 22 de enero de 2011

LA ENCOMIENDA

Vicente Antonio Vásquez Bonilla

Desiderio se detuvo por un momento frente a una de las entradas de los servicios sanitarios de la Plaza de Armas, en espera de que apareciera su amiga, a quien había citado en ese lugar.
De repente una mujer se le acercó con premura y le dijo:
—Porfa, señor; sostenga mi pato por un ratito, mientras voy al baño; pues, estoy que no me aguanto.
Sorprendido y sin tiempo a reaccionar, ya Desiderio sostenía entre sus brazos al ave, mientras la mujer se perdía de su vista al descender por las gradas que conducen a los servicios sanitarios.
—Mira al señor —dijo una joven madre que pasaba por ese populoso lugar, arrastrando a un niño de unos seis años—, que lindo, sacó a pasear a su mascota.
Desiderio esbozó una tonta sonrisa, mientras se sentía ridículo a la vista de todo el mundo. «Menos mal, pensó, que pronto volverá esa impertinente y se llevará a su animalejo».
Un señor que vestía un terno café y sombrero, al estilo de los años cincuenta del siglo veinte, se le acercó con aparente amabilidad.
—Qué bonito su pato, usté. ¿Lo vende?—. Y le acarició la cabeza al ave, que trató de esquivar la caricia, sin lograrlo.
—No. No es mío. Una señora me lo recomendó por un rato.
—No se haga —le dijo y le guiñó el ojo—, le doy mil dólares por él.
Desiderio vio a su interlocutor con incredulidad. ¡Mil dólares! «¿Se estará burlando de mi?» Y se quedó en silencio.
El hombre del terno esperaba la respuesta y al notar la indiferencia del otro, trató de arrebatarle al palmípedo.
En ese momento, el lustrador que aparentaba estar a la espera de clientes, el barrendero que limpiaba el excremento de los cientos de palomas que conviven en la Plaza y el vendedor de números de la lotería, que se encontraban en los alrededores, sacaron sendas armas, ordenaron a los dos hombres que no se movieran y se identificaron como policías de la brigada de antinarcóticos.
Al hombre del terno le decomisaron un revolver y a Desiderio un pato.

Largo sería enumerar todos los pormenores del caso, pero en aras de la brevedad, sólo queda decir que la mujer que hizo la palmípeda encomienda, nunca apareció y los dos hombres fueron conducidos a la Delegación de Policía. El pato, que no resultó ser una mansa paloma, si no un mini—mula y bien cargado. Con su carita de no hago nada, llevaba en su interior numerosas capsulas de cocaína.
El pato no pudo demostrar su inocencia, ni que era una inofensiva victima de las circunstancias y además, por ser el único de los tres que estaba fuera de la jurisdicción del Procurador de los Derechos Humanos; en busca de evidencias, fue ejecutado sumariamente y paró en la olla de uno de los jefes policíacos, quien bromeaba diciendo: que era la primera vez que comía carne de mula y que no sabía mal.

La noticia del inverisímil caso se difundió por todos los medios; y un sensible canta-autor, no desperdiciando la oportunidad, compuso un narcocorrido, que a no dudar, será un rotundo éxito, pues ya empieza a sonar en todas las radios del país.

Con su carita de inocente
y la pancita bien cargada
un menesteroso pato
salir de pobre deseaba

Rumbo al norte viajaba.
sin saber que la policía
sus plumíferos pasos seguía
el destino cruel…


Hoy, Desiderio ya libre de cargos, piensa que toda experiencia debe de ser aprovechada, pues deja una lección. Lección que él ha aprendido y que, en forma de moraleja, heredará a sus descendientes y de ser posible para aprovechamiento de la humanidad entera: Nunca, pero nunca sostengas el pato de una desconocida.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

EL SECUESTRO

Pasadas las siete de la noche, sonó el teléfono. Don Eugenio y doña Honoria cenaban.
Debe ser Escolástico dijo, doña Honoria, levantándose a contestar . Ya me tenía preocupada el patojo, ese.
Espera, yo contestaré. Tú, sigue comiendo.
Gracias. Debes hablar con él, sale a la una de la universidad y mira a la hora que no llega. Que no sea desconsiderado, por lo menos debe de avisar, para eso se le compró el celular.
Tienes razón, hablaré con él.
Don Eugenio llegó a la mesita en donde estaba el teléfono y contestó.
Aló.
¿Estará don Eugenio?
Él, habla.
Vea, señor dijo la voz con la calma y la amabilidad estudiada de quien tiene los ases en la mano , tenemos a su hijo, lo hemos secuestrado y si desea volver a verlo con vida le costará un milloncito de quetzales.
¡Déjese de bromas! ¿Quién habla?
Por lo visto, uno, no puede ser amable, porque lo hacen de menos. Pues bien, ¡viejo, mierda! Tenemos a tu hijo y si querés volver a verlo, te costará un millón de quetzales. No le avisés a la policía. No se lo comuniqués a nadie o no hay trato, pero si un inevitable velorio. Esperá nuestra próxima comunicación.
El negociador, colgó, sin esperar la respuesta de don Eugenio.
Aló. Aló, ¡conteste!
La única respuesta fue la de la señal telefónica. Don Eugenio se quedó petrificado, con el teléfono en la mano, como tratando de asimilar el mensaje. Luego, colgó el aparato y se dirigió hacia donde se encontraba su esposa, caminó despacio, ajeno a todo lo que lo rodeaba. Aun no creía que, a él, le estuviera pasando esto. Es cierto que los secuestros se han generalizado por todo el país, pero siempre se piensa, al igual que con la muerte, que a cualquier persona le puede pasar, menos a uno. Y de repente allí estaba, inmerso dentro de algo para lo cual no se hallaba preparado.
¿Quién era? interrogó, Honoria, al ver que su marido se encontraba como ido y no daba señales de hablar.
Las palabras de su mujer lo sacaron del pozo negro en que lo sumergió la noticia.
Honoria le dijo . ¡Han secuestrado a Escolástico!
¿¡Qué!? interrogó la señora, poniéndose de pie. Los cubiertos dejaron escapar un sonido metálico cuando cayeron sobre el piso cerámico, importado de Italia.
¡Que han secuestrado a Escolástico! Me lo acaban de comunicar por teléfono.
Pero... pero, ¿quién?. ¿Qué te dijeron? ¡Dímelo!
Cálmate. Siéntate, por favor y conservemos la calma.
¿Cómo quieres que me calme? ¡Se trata de mi hijo! ¿Qué te dijeron? ¿Qué piden? ¡Habla, por el amor de Dios!
Mira, te suplico que te calmes. No me dijeron mayor cosa. Sólo, que lo han secuestrado, piden un rescate y que hablarán mas tarde.
Hay que llamar a la policía de inmediato dijo doña Honoria, encaminándose en dirección al teléfono.
¡Espera! Que me advirtieron que no llamara a la policía y que si lo hacía, no lo volveríamos a ver con vida.
Entonces, no la llamemos. Pero, ¿qué vamos a hacer?
De momento, a esperar que nos llamen.
Oremos sugirió, doña Honoria . Dios, nos ha de ayudar.

La preocupación, se adueñó de la madre, quién le reiteró a don Eugenio, que no diera aviso a la policía, pues, temía por la vida de su hijo.
El dinero, se repone le dijo , pero la vida, no.
Pero, mujer, piden ¡un millón!. Te das cuenta, ¡un millón!.
¡Y qué! Acaso porque no es tu hijo, ¿es más importante el dinero que su vida? lo interrogó, desafiante, como poniendo a prueba su amor, sino por el patojo, por ella.
No es eso, mi amor. Toma en cuenta que es el fruto de muchos años de mi trabajo de inmediato rectificó y amplió , de nuestro trabajo. Tanto sacrificio, para que unos mal nacidos se lo lleven en un abrir y cerrar de ojos, y a lo mejor, de todas maneras matan a nuestro hijo y nos dejan en la calle.
En los momentos difíciles se conoce la nobleza de los hombres presionó la madre, con ojos suplicantes . El dinero lo podemos recobrar trabajando, después de todo el negocio está en marcha y prospera.
Pero... trató de argumentar don Eugenio, pero no lo dejó continuar.
La vida humana no tiene precio, principalmente cuando se trata de un hijo. ¡Tenemos que pagar!.
Bueno cedió el hombre , pero, esperemos a ver que dicen, de repente logramos una rebaja.
¡Rebaja! Si no es de verduras, de las que estamos discutiendo replicó, con enfado . Estamos hablando de la vida de mi hijo.
El llanto se apoderó de la afligida madre, mientras el padrastro la contemplaba y le aseguraba que todo iba a salir bien, aunque en su interior le dolía pensar en la pérdida de todos sus ahorros, en tanto el efectivo que poseía en el banco no llegaba a la suma requerida.

Transcurrió la noche y el teléfono no volvió a sonar. La angustia crecía. Los cónyuges dormitaban pero no podían descansar ante la incertidumbre y además, esperaban que de un momento a otro los secuestradores se comunicaran con ellos.

Dos días pasaron, sin recibir ninguna comunicación de los delincuentes. Cada vez que el teléfono sonaba, era un sobresalto para los esposos.

No cabía duda que los secuestradores conocían su oficio y estaban dando tiempo para que la incertidumbre alcanzara la magnitud de la desesperación, y de esa manera encontrar la fruta madura y cosechar.
Al mantenerse bloqueado el camino para toda comunicación, venía a ser como, una llave cerrada que evitaba que la presión a que estaban sometidos escapara y diera paso al desahogo.

Al fin, llamaron. Al filo de las nueve de la mañana, la campanilla del teléfono los hizo saltar. Honoria, se apresuró a responder, pero le indicaron que sólo hablarían con don Eugenio.
De inmediato le pasó el teléfono.
¡Viejo cabrón! ¿Así te gusta que te traten, verdá? –le dijo la voz del negociador, con burla . Ya estás convencido de que tenemos a tu hijito del alma.
Sí. Está bien, les creo. ¿No le han hecho daño, verdad?
Bien dijo el insigne maestro e inspirador de juventudes: Al Capone, que se logra más con una sonrisa y una pistola, que con una simple sonrisa dijo el negociador, con manifiesta burla.
Por el amor de Dios, no juegue y respóndame, ¿el patojo, está bien?, ¿no le han hecho daño?
No, viejito. La mercadería se cuida le respondió, con el cinismo de quién domina la situación.
Hablemos suplicó , no vaya a colgar.
No te preocupés, ruco. Sabemos que te has portado bien y que no le has comunicado nada a nadie. Ya ves, como estamos enterados de todo. Seguí así y pronto tu problema estará resuelto.
Respecto al dinero, no tengo la cantidad que me piden. Es mucho.
No seas llorón. ¡Viejo, mierda! Sabemos que sos fichudo.
Es cierto, no le miento. Tal vez con sacrificios logre reunir quinientos mil, pero un millón, ¡imposible!
No es lo que digo, pues. Llorón, el ruco.
No puedo pagar más, es la pura verdad.
Ya basta de teatro, viejo, mierda. Antes de entrarle al negocio, investigamos al cliente y sabemos que tenés en el banco ochocientos mil morlacos. A alguien de tu posición no le es difícil conseguir doscientos mil más. Pensalo. Te llamaremos después.
El negociador, colgó. Don Eugenio, quedó desconcertado, los delincuentes estaban bien informados. No se puede jugar con ellos y tomó la decisión de llamar a la policía.
Cuando doña Honoria se dio cuenta, la policía estaba en su casa, ya nada podía hacer para impedir su participación. Sólo le quedó el consuelo de recriminar a su esposo, diciéndole:
¡Si algo le pasa a mi hijo, serás el responsable de ello!

Cuando los secuestradores se comunicaron de nuevo, el teléfono estaba intervenido, conectado a una grabadora y a dos secundarios para escuchar la conversación y de ser necesario darle instrucciones a don Eugenio.
Bien, viejo, ¡hijo de la gran puta!, Ya sabemos que le avisaste a la policía. Como que no querés volver a ver a tu hijo en una sola pieza.
El sargento de la policía, que escuchaba en uno los teléfonos secundarios, le indicó a don Eugenio que alargara la conversación. Tratarían de localizar el teléfono desde el que hace la llamada.
Seré breve anunció, el negociador . El trato hay que cerrarlo pronto o se cancela. Te la vamos a poner fácil, aceptaremos los ochocientos mil que tenés en el banco. Esperamos que estés de acuerdo, que no cometás más errores y que no des lugar a que te mandemos como muestra de nuestra seriedad, un dedo de tu hijo o peor aún, una mano. Te volveremos a llamar.
¡Espere, no cuelgue!
Pero, el negociador colgó.
La policía, sólo pudo detectar que la llamada se hizo desde el celular del secuestrado. No era suficiente para localizarlo. La llamada se pudo haber efectuado desde cualquier lugar y luego deshacerse del aparato.

La angustia de la madre aumentó, desde que intervino la policía. Ante el temor que maten a su hijo, presiona a su esposo para que pague el rescate.
Don Eugenio, mantiene una lucha interna, sin cuartel, que no le da un momento de paz. Desprenderse del dinero, para cubrir el rescate, le duele tanto, como si le arrancaran el corazón, con lentitud y sin anestesia.

La policía se mantuvo atenta día y noche, e instruyó a don Eugenio sobre el comportamiento que deberá observar cuando los secuestradores se comuniquen con él: Lo primordial, que permanezca en calma, finja docilidad y prolongue las conversaciones lo más que pueda. No debe responder a los insultos y de ninguna manera conviene que diga algo que exaspere a los secuestradores, además de otras recomendaciones que serían de utilidad para las investigaciones. Que los secuestradores cometan un error, es la esperanza de la policía.

Se concretó el arreglo con los secuestradores. Don Eugenio, aseguró a los delincuentes y a su esposa, para tranquilizarla, que la policía no iba a intervenir durante el pago del rescate. Pero, ante las indicaciones policíacas de que el pago no garantizaba la libertad y la vida del secuestrado, les comunicó todo. La policía, le aseveró a don Eugenio, que actuaría con todo cuidado para no poner en peligro la vida de Escolástico y además, le dijeron, que tuviera confianza en la experiencia y la profesionalización alcanzada por la Institución.

Don Eugenio, llegó con los fondos del rescate al punto convenido. El lugar estaba desierto y cumpliendo con las instrucciones, dejó el bulto con el dinero y se retiró.

Más tarde, la policía le comunicó a don Eugenio que, la persona que recogió el dinero, había sido capturada y que su hijo estaba sano y salvo. Pero, que tenían que comunicarle algo muy delicado.
Se trataba de un auto secuestro. La persona que hizo las llamadas telefónicas y recogió el rescate era un amigo de su hijo y ambos estaban en contubernio para sacarle el dinero a don Eugenio.

Don Eugenio, se encuentra muy disgustado por la actitud de su hijo. Es cierto que, no es realmente su hijo, pero lo ha tratado como tal. No quiere saber nada de él, que se las arregle como pueda pero, está de por medio su esposa, a la que ama.
La madre de Escolástico, se halla muy afectada. El joven, a pesar de todo, continúa siendo su hijo. Es un lazo que no se puede romper. Si bien, no lo puede justificar ante los ojos de su esposo, de alguna manera tiene que mantener la relación, sin obligar a su marido para que haga lo mismo. Basta y sobra que no se lo impida a ella.
Y no se lo impide. Comprende que el amor de madre está sobre todas las cosas.

Cada persona, cada vida, es una historia, de consiguiente en una ciudad hay tantas, como habitantes tenga. Y cada historia tiene sus versiones, según el que la vivió, el que la vio o el que la cuenta. La yuxtaposición de las diferentes interpretaciones le dan los puntos comunes y los no comunes, y el colorido a sus variadas facetas.

Escolástico, tenía su propia explicación sobre el asunto. A manera de descargo, según él, en el interrogatorio, le refirió a la policía que su padrastro es un miserable, un agarrado a quien cuesta sacarle un centavo.
Yo vivía, sólo porque el aire es gratis. En la casa no me daban ni los buenos días, para no gastar saliva.
¿Qué, tan mal era su relación con él?
Peor, diría yo. De mi madre siempre se preocupó, de sí ella ha comido o no. Pero de mí, nadie se interesaba. Podía haber comido o no y a ninguno le importaba.
Pero, ¿con su madre procedía diferente?
Hasta cierto punto, con decirles que un día lo escuche comentándole a un amigo:
«Estoy desesperado, es una mujer tan gastona, pero tan gastona, con decirte, que cuando voy al supermercado, me pide hasta jabón para bañar al loro. Ella, es así, basta con que le digan que algo está en oferta para que lo compre, lo necesite o no. Dice, que así ahorra el porcentaje del valor de la rebaja, yo pienso que ahorraría el cien por ciento al no comprarlo, pero parece que no entiende eso»
Así que por esa razón fingió el secuestro, por venganza y para sacarle la plata.
Sí, creo que tengo derecho a la lana y si al final va a ser mía, pues no hay otro heredero; que mejor que recibir un buen adelanto.
Con ese argumento, Escolástico, creía tener justificada su actuación y la policía da por cerrado el caso. Sólo queda que los tribunales cumplan su función.

Los días de visita, Honoria, va a ver a su hijo, don Eugenio, como esposo amante, la acompaña, con la condición de no entrar a saludar a Escolástico; por lo regular, la esperará afuera; aún está resentido, no lo puede perdonar así por así, que pague su pecado.

Hoy, doña Honoria ingresó dentro del grupo de visitantes. Don Eugenio, sintió curiosidad de ver al patojo, aunque sea de lejos y la siguió. Algo de cariño le guarda a pesar de todo.

Doña Honoria, dentro del salón destinado para los visitantes, seleccionó uno de los apartados y se sentó a esperar a su hijo. Escolástico, se acercó, ocupó el asiento frente a ella e intercambiaron saludos, luego, la charla se refirió a las novedades de afuera y de adentro del penal.
Don Eugenio, que siguió a su espesa, sin que ella se diera cuenta; ocupó el apartado vecino y escuchaba a través del cancel que los separaba. Algo que no se explica, tocó su corazón.
Debo perdonarlo se dijo.
Es un viejo sentimental, siente simpatía por el patojo, después de todo, desde que era pequeño ha estado a su lado.
Lo vi crecer se justificó.
No se pudo contener más, estaba a punto de salir y decirle que le perdonaba, que cuando saliera volverían a ser una familia integrada y que todo sería diferente para que no lo sedujera de nuevo la tentación de delinquir.
Pero, la voz alterada de Escolástico lo detuvo, ha subido de tono:
¡Madre, tienes que ayudarme! ¡Estoy desesperado! ¡No aguanto más estar aquí!
Paciencia, hijo. Hago lo que puedo por ayudarte. ¡Paciencia!
Sí, para ti es fácil exigirme paciencia, porque no eres la que está aquí. Sólo porque soy derecho no les dije que fuiste tú, la que planeó todo, porque ya no aguantas vivir más con ese ruco agarrado. Mi mínimo consuelo, es que tú también vives tu condena, seguir al lado de ese viejo codo.
Don Eugenio, se sintió desfallecer.

1998