CENTRO TOLUQUEÑO DE ESCRITORES 2006
Alejandro León, Vicente Vásquez, Eduardo Osorio, Alejandro Ostoa
miércoles, 29 de enero de 2014
viernes, 1 de febrero de 2013
Álbum fotográfico de Chente
Seymour Menton
Carlos Fuentes
Tito Monterroso
Rosina Cazali y Bernabé Aguilar, Consejero Cultural Embajada de España
Escritores guatemaltecos. Cilca 2007 Antigua Guatemala
Enán Moreno 1998
Escritores homenajeados 1998
Javier Antonio Payeras y Dante Liano
Marta Pilón de Pacheco, María Teresa de Vásquez y Gloria Hernández
Escritores guatemaltecos en Panama 2005
Homenaje a Luis Alfredo Arango. Totonicapán, Guatemala 2000
Presentación del libro la Muerte es un acto prosaico
Marco Antonio -El bolo- Flores
Rafael García Jolly y Carlos Alberto Dueñas. México 2006
Dario Herrera. Escritor colombiano-panameño
Carlos René García Escobar y Víctor Muñoz
Melanie Taylor. Escritora panameña
Escritores premiados. Chiquimula, Guatemala 2011
miércoles, 30 de enero de 2013
jueves, 1 de noviembre de 2012
METAMORFOSIS
Vicente Antonio Vásquez Bonilla
Hermes, quien había tenido un día satisfactorio y lleno de exitosos logros, llegó a su casa sintiéndose realizado. Cenó y luego se fue a dormir con una sonrisa atrapada entre sus labios.
A la mañana del día siguiente, aún en su lecho, empezó a sentirse incomodo, abrió los ojos para ver qué era lo que le molestaba y grande fue su sorpresa, al darse cuenta que ahora no cabía en la cama. Durante la noche había crecido. Medía cuatro metros de estatura y luego comprobó que, como por arte de magia, toda su ropa se adaptaba a su nuevo tamaño.
Al salir a la calle la gente lo veía con sorpresa, pero como era conocido por la mayoría de los habitantes del lugar, su nueva dimensión no les causaba ningún temor. Su gran tamaño lo hacía descollar y al pasar, nadie se resistía a la tentación de voltear a verlo.
Él se sentía poderoso.
Después de varios días, la novedad de su sorpresivo e inusitado crecimiento iba pasando. La gente se acostumbra a todo y fue aceptado con naturalidad. Además se tenían noticias de que en varias poblaciones habían aparecido otras personas que de la noche a la mañana alcanzaron similar estatura, sin que nadie se pudiera explicar semejante prodigio.
Él era un fenómeno, pero al parecer no estaba solo.
Los habitantes del lugar, solían reunirse los domingos en un prado cercano para divertirse en concurridos días de campo que, incluían entre otros, almuerzos al aire libre, juegos de pelota, paseos a caballo o nadar en el cercano río. Ese domingo, también Hermes asistió, pues formaba parte de la comunidad y era admitido sin ningún recelo.
Alrededor del medio día, el campo se encontraba muy concurrido y todo el mundo se divertía. De repente, en un extremo de la llanura, aparecieron una mujer y un hombre, de estaturas similares a la de nuestro amigo, vestían disfraces parecidos a los de los súper héroes de los pasquines, avanzaban dando grandes voces, saltando y corriendo rumbo a donde se encontraban reunidos los pacíficos habitantes del pueblo. Quizás se trataba de dos de los gigantes de alguna localidad cercana. Y tal vez los vistosos disfraces del Hombre Araña y de La Mujer Maravilla, respondían a una intención lúdica y sin intención de causarle daño a nadie, pero los paseantes, inclusive, el gigante local, se asustaron de tal manera que no se quedaron para averiguarlo y todos salieron en estampida, dejando abandonadas sus pertenencias. Sobre la grama quedaron diseminados: manteles, canastas, alimentos, juguetes...
Después del bochornoso incidente, Hermes se sentía mal; él también era un gigante, al igual que los dos intrusos que les arruinaron el paseo dominical y sin embargo no les había hecho frente, y ni siquiera se había quedado para averiguar cuáles eran sus intenciones, y por el contrario, había salido huyendo. La vergüenza lo estaba matando, así que decidió emprender una nueva huida: Irse del pueblo hacia donde nadie lo conociera.
Emprendió el camino sin rumbo definido. Llegaría hasta un lugar que le pareciera apropiado y ahí iniciaría una nueva vida.
Caminaba por senderos poco transitados y pasara por donde pasara, a causa de su gran tamaño, la gente lo veía con asombro y curiosidad, pero debido a que se había regado la noticia de la existencia de varias personas de gran altura, no le temían. Al llegar a un cruce de caminos, encontró a una mujer que lloraba al lado de un microbús.
—¿Qué te pasa —le preguntó con genuino interés—, por qué lloras?
La mujer volteo a ver y tuvo que levantar la vista para encontrarse con los ojos de su interlocutor. Al hacerlo, mostró un rostro que revelaba las huellas inequívocas de haber recibido una paliza.
—Es que mi hombre —respondió en medio de lloriqueos intermitentes— me pegó.
—¡Qué desgraciado! —Dijo Hermes con indignación al ver el bello rostro de la mujer con varios moretes e inclusive, un ojo rojo.
—Pero… ¿por qué te hizo eso?
—Es que trabajo en una casa de citas, él es mi protector y cuando no hago lo que quiere o no le doy el dinero que gano, se enfurece y me pega. No es la primera vez que lo hace, pues con facilidad pierde los estribos.
—¡Qué desgraciado! —reiteró—. Te explota y todavía te pega. ¡Maldito!
La mujer al ver el interés y la indignación del hombrón por lo que le había sucedido, concibió una idea y esbozó, hasta donde le fue posible por el dolor, una deformada sonrisa.
—Mi nombre es Eduviges y tú me puedes ayudar a darle una buena lección. Una lección que no olvide en toda su desgraciada vida. Si lo haces, yo te quedaría muy agradecida y sabría cómo pagarte, tu tamaño no me asusta.
—¿En dónde está ese sinvergüenza? Dime en dónde es —se aventuró a decir.
—Yo te llevó —le dijo la mujer, señalando el microbús.
Ambos vieron el vehículo y por pequeño lapso se quedaron mudos.
—Ahí no quepo —dijo Hermes con la esperanza de no comprometerse en algo que no era de su incumbencia.
—Ese no es problema. Te acomodas en la parrilla —le señaló la parte superior del vehículo—, sé que será incomodo, pero es por corto tiempo.
A regañadientes, Hermes sin osar a negarse, se instaló sobre la armazón destinada para el trasporte de carga, la chica se colocó al volante y emprendieron camino hacia la mancebía.
A Hermes no le molestaba tanto la incomodidad ni el zarandeo del vehículo, como el tener que enfrentarse a un desconocido, que según dijo Eduviges, era un hombre violento y de malas entrañas.
El microbús continuó su marcha y el hombre de gran tamaño, con el paso del tiempo y el recorrido de cada kilometro, sentía que se encogía.
A cada momento el vehículo estaba más cerca de su destino y su cuerpo se reducía. De gigante de cuatro metros pasó a su tamaño original, y ahora, ya era un enano.
Al final, el vehículo se detuvo ante el burdel.
—Llegamos —dijo la mujer con emoción.
Hermes, que segundos antes ya era un émulo de pulgarcito, en ese instante se esfumó.
COMENTARIO
Cuento: Metamorfosis:
Myriam Jara
Buenos Aires, Argentina
Bien, Chente, hagamos primero un análisis literario que para eso estudié, para criticarte a vos. Me encanta la fluidez de tu escritura, eso me permite no distraerme con metáforas que agobian, lo mismo ocurre con el lenguaje utilizado, nada de palabras rimbombantes, que hay textos que lo merceden y otros donde resultan un obstáculo para la comprensión del mismo, por lo tanto, y emulando a los formalista rusos (pa’ que sepas que estudié), bien por la FORMA (impecable construcción con una gramática acorde), luego vamos por el FONDO (no, el fondo de casa no, el FONDO como tema a exponer). Antes de leer ya estaba planificando mi estrategia para demandarte por plagio a Kafka (sin derecho alguno pues no soy ni pariente lejana pero como él es patrimonio de la humanidad y yo parte de ella, algún porcentaje me debe corresponder), a medida que avanzaba en el relato me dije “UF, GRACIAS A DIOS NO ES UNA CUCARACHA, QUE SI ME DA ASCO UNA DE ESAS VOLADORAS, AYYYYYYYY CON UNA DE CUATRO METROS (fantasía recurrente en mi)” Más luego pensé en el increíble Hulk “Oh, no, Chente quiere hacerme creer que aún me duran los efectos alcohólicos de la última cena (no, la de Jesús, no, la de mis colegas), pero sigo leyendo pues a curiosa no me gana nadie y además, como escritor no te gana nadie, volví a hablar conmigo misma “ALGO SE TRAE, ÉL NO ESCRIBE SOBRE LA MUJER MARAVILLA” y sí, efectivamente, el final, sorprendente, inesperado (yo esperaba un grandote sonso con el ojo morado y la nariz quebrada por un violento de metro ochenta) y llego a la conclusión de la profundidad de tu cuento. No importa que tanto te veas, sino que tanto te creas. El miedo no es sonso (el grandote tampoco) y no hay obstáculos que te impidan lograr aquello que tenés en mente, del mismo modo, si el objetivo que perseguís no es tu causa, no importa lo que hagas, nunca lo conseguirás porque no pondrás la vida en ello. Finalizo diciendo: FELICITACIONES, CHENTE, QUERIDO AMIGO, ADMIRADO ESCRITOR.
Myriam
viernes, 4 de noviembre de 2011
miércoles, 1 de junio de 2011
El encuentro
Vicente Antonio Vásquez Bonilla
***
Claudio camina por el parque y en una de las bancas ve a una bella señorita que lee un libro. Al pasar cerca de ella, la mira y se sorprende; su rostro le parece conocido. ¡No puede ser! —se dice—. Las facciones que están impresas en su memoria pertenecen a un pasado remoto, a un pretérito de más de veinte años y la joven aparenta, precisamente, veinte años.
Fascinado por el parecido, se sienta en la misma banca, abre su periódico y simula leer, pero sus miradas furtivas reposan en ella, quien sin darse por enterada continúa sumergida en la lectura.
Debido al asombroso parecido que tiene con la persona que recuerda, se anima y le habla.
—Disculpe, señorita. Por casualidad, ¿su nombre, es Amalfi?
La chica lo vuelve a ver y a su vez lo interroga.
—¿Acaso nos conocemos?
—No. Pero se parece a una persona que conocí años atrás y que llevaba ese nombre.
—Posiblemente se refiera a mi madre. Ella me heredó su nombre.
Y también su rostro, se dice Claudio y se queda callado, pensativo, como hurgando en sus recuerdos.
—Entonces usted tiene veinte años y nació un 14 de Mayo.
—Así es, ¿cómo lo sabe?
—Me disculpa un momento, voy a llamar a mi hijo y le contaré.
Claudio se levanta y parte a buscar a su retoño y Amalfi intrigada, se queda viendo como el desconocido camina entre los arriates y observa a su alrededor.
**
Caminas por los senderos del parque en busca de Rodrigo, tu hijo; mientras tanto de tu mente van brotando los recuerdos.
Hace veinte años nació tu primogénito y corriste a verlo por primera vez a través del vidrio que separaba a la sala cuna, del pasillo en donde los padres iban a conocer a sus hijos recién nacidos. Allí estuviste tú, contemplando a tu bebé, quién dormía apaciblemente. Embelesado como estabas, a tu alrededor el mundo había desaparecido, sólo existían el niño y tú. De repente, una voz te sacó de tu ensimismamiento.
—Profesor, qué gusto encontrarle. ¿Qué hace aquí?
Volviste a ver. Era tu ex vecino, a quién no habías visto en los últimos seis o siete meses y con una sonrisa de satisfacción le contestaste.
—Conociendo a mi hijo, es el de la cuna número cinco. ¿Y usted?
Viste cómo tu ex vecino hinchaba el pecho y con orgullo te respondió.
—Yo también vengo a ver a mi hija, es la de la cuna vecina, la número seis.
—Qué casualidad —le contestaste—, ambos tenemos hijos del mismo día.
—Sí, feliz coincidencia. Tenemos que celebrarlo.
—¡Ya lo creo! ¿Y cómo está doña Amalfi? —le preguntaste—, ¿todo salió bien?
—Sí, gracias a Dios. ¿Y su esposa?
—Bien, fue un parto normal.
Ambos, él y tú, callaron y se entregaron a la contemplación de sus respectivos hijos
*
Encuentro a Rodrigo frente a una estatua, comiendo un helado.
—Rodrigo, ven —le digo.
Llega a mi lado y me pregunta.
—Papi, ¿quieres un helado?
—No, gracias —le respondo—, deseo presentarte a alguien.
Llegamos al lugar en donde está la joven, quién nos recibe con una sonrisa y supongo que con curiosidad se preguntará. ¿Quiénes serán estos desconocidos?
—Señorita Amalfi —le digo—, éste es mi hijo, Rodrigo nació el mismo día que usted, en el mismo hospital y fue su vecino de cuna.
—Mucho gusto. Yo soy Amalfi. Ahora sé por qué su papá conoce mi edad y el día de mi nacimiento. Lo que no me explico, es ¿cómo me reconoció?
—Fue fácil, es el vivo retrato de su madre.
El saludo de los dos jóvenes es cordial y de beso en las mejías. Creo que ambos se caen bien. Yo los veo charlar, como si fueran viejos conocidos. Se olvidan de mi presencia, me dejan al margen y opto por entregarme de manera alterna a hojear el periódico y a revivir recuerdos.
Después de, quizás, una hora, observo que la charla es muy animada, las bromas, las sonrisas y los gestos corresponden a la de dos personas que ponen en juego todos sus encantos para agradarse mutuamente. Temiendo, por experiencia, que ese momento mágico pudiera conducir a un enamoramiento, intervengo.
—Rodrigo, nos tenemos que ir. Acabo de recordar que tengo un compromiso ineludible, no me puedo demorar más.
Con pesar, vi como se despedían ambos chicos, estaban pasando un rato agradable, no se hubieran querido separar y seguir conociéndose.
Sin embargo, me llevo a Rodrigo, quien luce contrariado. Lo siento y lo comprendo, yo también fui joven, pero no puedo decirle aún, que Amalfi es su hermana.
***
Claudio camina por el parque y en una de las bancas ve a una bella señorita que lee un libro. Al pasar cerca de ella, la mira y se sorprende; su rostro le parece conocido. ¡No puede ser! —se dice—. Las facciones que están impresas en su memoria pertenecen a un pasado remoto, a un pretérito de más de veinte años y la joven aparenta, precisamente, veinte años.
Fascinado por el parecido, se sienta en la misma banca, abre su periódico y simula leer, pero sus miradas furtivas reposan en ella, quien sin darse por enterada continúa sumergida en la lectura.
Debido al asombroso parecido que tiene con la persona que recuerda, se anima y le habla.
—Disculpe, señorita. Por casualidad, ¿su nombre, es Amalfi?
La chica lo vuelve a ver y a su vez lo interroga.
—¿Acaso nos conocemos?
—No. Pero se parece a una persona que conocí años atrás y que llevaba ese nombre.
—Posiblemente se refiera a mi madre. Ella me heredó su nombre.
Y también su rostro, se dice Claudio y se queda callado, pensativo, como hurgando en sus recuerdos.
—Entonces usted tiene veinte años y nació un 14 de Mayo.
—Así es, ¿cómo lo sabe?
—Me disculpa un momento, voy a llamar a mi hijo y le contaré.
Claudio se levanta y parte a buscar a su retoño y Amalfi intrigada, se queda viendo como el desconocido camina entre los arriates y observa a su alrededor.
**
Caminas por los senderos del parque en busca de Rodrigo, tu hijo; mientras tanto de tu mente van brotando los recuerdos.
Hace veinte años nació tu primogénito y corriste a verlo por primera vez a través del vidrio que separaba a la sala cuna, del pasillo en donde los padres iban a conocer a sus hijos recién nacidos. Allí estuviste tú, contemplando a tu bebé, quién dormía apaciblemente. Embelesado como estabas, a tu alrededor el mundo había desaparecido, sólo existían el niño y tú. De repente, una voz te sacó de tu ensimismamiento.
—Profesor, qué gusto encontrarle. ¿Qué hace aquí?
Volviste a ver. Era tu ex vecino, a quién no habías visto en los últimos seis o siete meses y con una sonrisa de satisfacción le contestaste.
—Conociendo a mi hijo, es el de la cuna número cinco. ¿Y usted?
Viste cómo tu ex vecino hinchaba el pecho y con orgullo te respondió.
—Yo también vengo a ver a mi hija, es la de la cuna vecina, la número seis.
—Qué casualidad —le contestaste—, ambos tenemos hijos del mismo día.
—Sí, feliz coincidencia. Tenemos que celebrarlo.
—¡Ya lo creo! ¿Y cómo está doña Amalfi? —le preguntaste—, ¿todo salió bien?
—Sí, gracias a Dios. ¿Y su esposa?
—Bien, fue un parto normal.
Ambos, él y tú, callaron y se entregaron a la contemplación de sus respectivos hijos
*
Encuentro a Rodrigo frente a una estatua, comiendo un helado.
—Rodrigo, ven —le digo.
Llega a mi lado y me pregunta.
—Papi, ¿quieres un helado?
—No, gracias —le respondo—, deseo presentarte a alguien.
Llegamos al lugar en donde está la joven, quién nos recibe con una sonrisa y supongo que con curiosidad se preguntará. ¿Quiénes serán estos desconocidos?
—Señorita Amalfi —le digo—, éste es mi hijo, Rodrigo nació el mismo día que usted, en el mismo hospital y fue su vecino de cuna.
—Mucho gusto. Yo soy Amalfi. Ahora sé por qué su papá conoce mi edad y el día de mi nacimiento. Lo que no me explico, es ¿cómo me reconoció?
—Fue fácil, es el vivo retrato de su madre.
El saludo de los dos jóvenes es cordial y de beso en las mejías. Creo que ambos se caen bien. Yo los veo charlar, como si fueran viejos conocidos. Se olvidan de mi presencia, me dejan al margen y opto por entregarme de manera alterna a hojear el periódico y a revivir recuerdos.
Después de, quizás, una hora, observo que la charla es muy animada, las bromas, las sonrisas y los gestos corresponden a la de dos personas que ponen en juego todos sus encantos para agradarse mutuamente. Temiendo, por experiencia, que ese momento mágico pudiera conducir a un enamoramiento, intervengo.
—Rodrigo, nos tenemos que ir. Acabo de recordar que tengo un compromiso ineludible, no me puedo demorar más.
Con pesar, vi como se despedían ambos chicos, estaban pasando un rato agradable, no se hubieran querido separar y seguir conociéndose.
Sin embargo, me llevo a Rodrigo, quien luce contrariado. Lo siento y lo comprendo, yo también fui joven, pero no puedo decirle aún, que Amalfi es su hermana.
sábado, 22 de enero de 2011
LA ENCOMIENDA
Vicente Antonio Vásquez Bonilla
Desiderio se detuvo por un momento frente a una de las entradas de los servicios sanitarios de la Plaza de Armas, en espera de que apareciera su amiga, a quien había citado en ese lugar.
De repente una mujer se le acercó con premura y le dijo:
—Porfa, señor; sostenga mi pato por un ratito, mientras voy al baño; pues, estoy que no me aguanto.
Sorprendido y sin tiempo a reaccionar, ya Desiderio sostenía entre sus brazos al ave, mientras la mujer se perdía de su vista al descender por las gradas que conducen a los servicios sanitarios.
—Mira al señor —dijo una joven madre que pasaba por ese populoso lugar, arrastrando a un niño de unos seis años—, que lindo, sacó a pasear a su mascota.
Desiderio esbozó una tonta sonrisa, mientras se sentía ridículo a la vista de todo el mundo. «Menos mal, pensó, que pronto volverá esa impertinente y se llevará a su animalejo».
Un señor que vestía un terno café y sombrero, al estilo de los años cincuenta del siglo veinte, se le acercó con aparente amabilidad.
—Qué bonito su pato, usté. ¿Lo vende?—. Y le acarició la cabeza al ave, que trató de esquivar la caricia, sin lograrlo.
—No. No es mío. Una señora me lo recomendó por un rato.
—No se haga —le dijo y le guiñó el ojo—, le doy mil dólares por él.
Desiderio vio a su interlocutor con incredulidad. ¡Mil dólares! «¿Se estará burlando de mi?» Y se quedó en silencio.
El hombre del terno esperaba la respuesta y al notar la indiferencia del otro, trató de arrebatarle al palmípedo.
En ese momento, el lustrador que aparentaba estar a la espera de clientes, el barrendero que limpiaba el excremento de los cientos de palomas que conviven en la Plaza y el vendedor de números de la lotería, que se encontraban en los alrededores, sacaron sendas armas, ordenaron a los dos hombres que no se movieran y se identificaron como policías de la brigada de antinarcóticos.
Al hombre del terno le decomisaron un revolver y a Desiderio un pato.
Largo sería enumerar todos los pormenores del caso, pero en aras de la brevedad, sólo queda decir que la mujer que hizo la palmípeda encomienda, nunca apareció y los dos hombres fueron conducidos a la Delegación de Policía. El pato, que no resultó ser una mansa paloma, si no un mini—mula y bien cargado. Con su carita de no hago nada, llevaba en su interior numerosas capsulas de cocaína.
El pato no pudo demostrar su inocencia, ni que era una inofensiva victima de las circunstancias y además, por ser el único de los tres que estaba fuera de la jurisdicción del Procurador de los Derechos Humanos; en busca de evidencias, fue ejecutado sumariamente y paró en la olla de uno de los jefes policíacos, quien bromeaba diciendo: que era la primera vez que comía carne de mula y que no sabía mal.
La noticia del inverisímil caso se difundió por todos los medios; y un sensible canta-autor, no desperdiciando la oportunidad, compuso un narcocorrido, que a no dudar, será un rotundo éxito, pues ya empieza a sonar en todas las radios del país.
Con su carita de inocente
y la pancita bien cargada
un menesteroso pato
salir de pobre deseaba
Rumbo al norte viajaba.
sin saber que la policía
sus plumíferos pasos seguía
el destino cruel…
Hoy, Desiderio ya libre de cargos, piensa que toda experiencia debe de ser aprovechada, pues deja una lección. Lección que él ha aprendido y que, en forma de moraleja, heredará a sus descendientes y de ser posible para aprovechamiento de la humanidad entera: Nunca, pero nunca sostengas el pato de una desconocida.
Desiderio se detuvo por un momento frente a una de las entradas de los servicios sanitarios de la Plaza de Armas, en espera de que apareciera su amiga, a quien había citado en ese lugar.
De repente una mujer se le acercó con premura y le dijo:
—Porfa, señor; sostenga mi pato por un ratito, mientras voy al baño; pues, estoy que no me aguanto.
Sorprendido y sin tiempo a reaccionar, ya Desiderio sostenía entre sus brazos al ave, mientras la mujer se perdía de su vista al descender por las gradas que conducen a los servicios sanitarios.
—Mira al señor —dijo una joven madre que pasaba por ese populoso lugar, arrastrando a un niño de unos seis años—, que lindo, sacó a pasear a su mascota.
Desiderio esbozó una tonta sonrisa, mientras se sentía ridículo a la vista de todo el mundo. «Menos mal, pensó, que pronto volverá esa impertinente y se llevará a su animalejo».
Un señor que vestía un terno café y sombrero, al estilo de los años cincuenta del siglo veinte, se le acercó con aparente amabilidad.
—Qué bonito su pato, usté. ¿Lo vende?—. Y le acarició la cabeza al ave, que trató de esquivar la caricia, sin lograrlo.
—No. No es mío. Una señora me lo recomendó por un rato.
—No se haga —le dijo y le guiñó el ojo—, le doy mil dólares por él.
Desiderio vio a su interlocutor con incredulidad. ¡Mil dólares! «¿Se estará burlando de mi?» Y se quedó en silencio.
El hombre del terno esperaba la respuesta y al notar la indiferencia del otro, trató de arrebatarle al palmípedo.
En ese momento, el lustrador que aparentaba estar a la espera de clientes, el barrendero que limpiaba el excremento de los cientos de palomas que conviven en la Plaza y el vendedor de números de la lotería, que se encontraban en los alrededores, sacaron sendas armas, ordenaron a los dos hombres que no se movieran y se identificaron como policías de la brigada de antinarcóticos.
Al hombre del terno le decomisaron un revolver y a Desiderio un pato.
Largo sería enumerar todos los pormenores del caso, pero en aras de la brevedad, sólo queda decir que la mujer que hizo la palmípeda encomienda, nunca apareció y los dos hombres fueron conducidos a la Delegación de Policía. El pato, que no resultó ser una mansa paloma, si no un mini—mula y bien cargado. Con su carita de no hago nada, llevaba en su interior numerosas capsulas de cocaína.
El pato no pudo demostrar su inocencia, ni que era una inofensiva victima de las circunstancias y además, por ser el único de los tres que estaba fuera de la jurisdicción del Procurador de los Derechos Humanos; en busca de evidencias, fue ejecutado sumariamente y paró en la olla de uno de los jefes policíacos, quien bromeaba diciendo: que era la primera vez que comía carne de mula y que no sabía mal.
La noticia del inverisímil caso se difundió por todos los medios; y un sensible canta-autor, no desperdiciando la oportunidad, compuso un narcocorrido, que a no dudar, será un rotundo éxito, pues ya empieza a sonar en todas las radios del país.
Con su carita de inocente
y la pancita bien cargada
un menesteroso pato
salir de pobre deseaba
Rumbo al norte viajaba.
sin saber que la policía
sus plumíferos pasos seguía
el destino cruel…
Hoy, Desiderio ya libre de cargos, piensa que toda experiencia debe de ser aprovechada, pues deja una lección. Lección que él ha aprendido y que, en forma de moraleja, heredará a sus descendientes y de ser posible para aprovechamiento de la humanidad entera: Nunca, pero nunca sostengas el pato de una desconocida.
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